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Programa:
Masterplan urbano
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Estado:
Anteproyecto
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Superficie:
403 ha
- Ubicación:
- Sitio web del proyecto:
En las sierras de Aguas Blancas, Manto parte de una condición esencial: el territorio antecede a la arquitectura. En sus 403 hectáreas, la topografía, los afloramientos rocosos, el monte nativo, las praderas y los cursos y espejos de agua configuran un paisaje de escalas y situaciones diversas. El proyecto reconoce esas condiciones como su principal estructura y plantea una ocupación de baja intensidad, en la que lo construido aparece de manera puntual dentro de una extensión que mantiene su continuidad y su carácter natural.
Manto propone otra forma de habitarla, los recorridos acompañan la topografía y vinculan áreas residenciales, espacios de encuentro, equipamientos y puntos de interés. El vacío, las distancias y el tiempo necesario para atravesarlas son, en este sentido, parte del proyecto. El paisaje deja de ser el fondo sobre el cual se dispone la arquitectura para convertirse en el medio en el que transcurre la experiencia cotidiana.
Esta lógica define una propuesta que puede entenderse como la de un refugio conectado. La escala territorial y la baja densidad permiten construir privacidad, silencio y una relación directa con el entorno, sin que esto implique aislamiento. La proximidad relativa con Montevideo y Punta del Este se complementa con una red interna de espacios y programas que permite una red interna de espacios y programas permite sostener distintas dimensiones de la vida contemporánea: encontrarse, trabajar, descansar, practicar deporte, compartir una comida, cultivar o simplemente permanecer. Manto plantea así una distancia respecto de la ciudad que no supone una ruptura, sino la posibilidad de establecer otro ritmo y otra relación con el tiempo. Manto plantea así otro ritmo y otra relación con el tiempo, propios de la experiencia de la sierra.
Dentro de esa estructura territorial, el área social y deportiva funciona como uno de los principales ámbitos colectivos. Club house, piscinas, gimnasio y spa, cowork, kids club y espacios deportivos se concentran alrededor del agua, construyendo un núcleo de actividad y encuentro. Más que una sucesión de amenidades independientes, estos programas conforman una infraestructura para la vida común, capaz de acompañar momentos, edades y formas de uso diferentes. El agua adquiere allí un papel ordenador: articula visuales, recorridos y espacios de permanencia y establece un contrapunto con la escala abierta de la sierra.
El hotel y el bistró introducen otra escala de hospitalidad. Las habitaciones se distribuyen en piezas menores sobre la pendiente, mientras que los espacios comunes se concentran en volúmenes de mayor escala. En lugar de construir una única masa, el conjunto se fragmenta y establece distintas relaciones con la topografía, permitiendo que el paisaje permanezca presente entre las arquitecturas. Algunas piezas se apoyan y otras se elevan parcialmente sobre el terreno, haciendo de la pendiente una condición de proyecto antes que una superficie que deba corregirse. La disposición sobre la pendiente abre visuales largas hacia la sierra y los atardeceres, reforzando una relación íntima e introspectiva con el paisaje.
Las diferentes construcciones forman, a su vez, una familia arquitectónica reconocible. Hotel, bistró, club house, cabañas, espacios deportivos, talleres y caballerizas comparten una gramática de volúmenes simples, cubiertas inclinadas, estructuras ligeras, galerías y grandes planos abiertos hacia el exterior. Piedra, madera, metal y cubiertas de tonalidades terrosas construyen una materialidad asociada al paisaje y a ciertas lógicas de la arquitectura rural, reinterpretadas desde un lenguaje contemporáneo.
La identidad surge de la repetición y variación de unos pocos principios comunes que permiten responder de manera diferente a cada programa y a cada condición del terreno. La piedra construye basamentos y apoyos ligados al suelo; la madera aporta textura y escala doméstica; las estructuras y cubiertas ligeras permiten extender los espacios hacia el exterior. En conjunto, los edificios buscan una presencia reconocible pero contenida, en la que la arquitectura acompaña al paisaje sin competir con su escala.
Una parte fundamental de esta relación se produce en los espacios intermedios. Galerías, decks, pérgolas, terrazas y aleros extienden los interiores y construyen diferentes grados de protección frente al clima. Más que una separación tajante entre edificio y naturaleza, el proyecto establece transiciones: del interior a la sombra, de la sombra a la terraza, de la terraza a la vegetación y, finalmente, al paisaje abierto. Estos umbrales amplían la superficie efectivamente habitable y permiten que una parte importante de la vida cotidiana ocurra afuera, manteniendo simultáneamente condiciones de reparo e intimidad.
Manto incorpora además una dimensión vinculada al hacer y al vínculo cotidiano con el territorio. Talleres, huerta, caballerizas y corrales complementan los programas recreativos y de bienestar e introducen actividades asociadas a cultivar, aprender, producir y cuidar. La naturaleza no aparece únicamente como escenario para ser contemplado, sino como un entorno con el que establecer relaciones diversas a lo largo del día.
Esta condición alcanza su expresión más directa en los activadores de paisaje, pequeñas intervenciones distribuidas a lo largo del masterplan. Fogoneros, decks, miradores, plataformas para yoga y mesas compartidas reconocen situaciones específicas del sitio y agregan apenas lo necesario para poder habitarlas. Un claro se convierte en lugar de encuentro; una pendiente permite detenerse frente al horizonte; un borde de agua invita a aproximarse; un sector protegido entre árboles puede alojar una actividad de contemplación o descanso.
La intervención mínima se transforma así en una estrategia territorial. En ocasiones basta con construir una superficie horizontal, un punto de sombra, una mesa o un lugar desde el cual mirar. Los activadores funcionan como una forma de acupuntura del paisaje: acciones precisas que intensifican cualidades preexistentes sin intentar sustituirlas. Al dispersarse por el territorio, también incorporan el recorrido como parte de la experiencia y permiten descubrir progresivamente sus diferentes condiciones: sectores abiertos y cerrados, valles, crestas, monte, roca y agua.
De esta manera, Manto propone distintas escalas de intimidad y encuentro. La vivienda ofrece el ámbito privado; el club y los equipamientos construyen comunidad; los activadores permiten reuniones más pequeñas o experiencias individuales en contacto directo con el paisaje. Algunos de estos puntos también habilitan experiencias de contemplación e introspección, como detenerse a observar el atardecer en relación directa con el paisaje. La vida colectiva no se concentra en un único centro ni se impone de manera permanente, sino que aparece como una posibilidad distribuida: compartir cuando se desea hacerlo y retirarse cuando se busca otra relación con el lugar.
Territorio, arquitectura y formas de vida se articulan así bajo una misma lógica de baja intensidad. Manto propone habitarla a través de una constelación de refugios, espacios colectivos, recorridos y pequeñas intervenciones que hacen posible trabajar, descansar, encontrarse, cultivar, moverse o contemplar dentro de un mismo paisaje.
El proyecto busca aprender a habitar la sierra: reconocer sus ritmos, trabajar con su topografía y convertir sus cualidades existentes en experiencias. Una arquitectura que no entiende al territorio como soporte ni como escenario, sino como la materia esencial a partir de la cual construir otra forma de vivir.