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Programa:
Masterplan urbano
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Estado:
Anteproyecto
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Superficie:
403 ha
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En las sierras de Aguas Blancas, dentro de la zona del Geoparque Mundial UNESCO Manantiales Serranos, Manto parte de una premisa esencial: el territorio antecede a la arquitectura. Desarrollado por Bomfin, el proyecto abarca 403 hectáreas en las que la topografía, los afloramientos rocosos, el monte nativo, las praderas y los cursos y espejos de agua configuran un paisaje de múltiples escalas y situaciones. Estas condiciones definen la estructura sobre la que se organiza la propuesta, que plantea una ocupación de baja intensidad, con construcciones dispuestas de manera puntual para preservar la continuidad y el carácter natural del entorno.
El masterplan organiza el predio en 55 chacras de entre 5 y 9 hectáreas, distribuidas en cuatro sectores con identidad propia: El Valle, La Cascada, La Lomada y Las Taperas. La ocupación de cada chacra se limita al 2% de su superficie, mientras que más del 95% del territorio permanece libre de edificaciones. La ausencia de cerramientos perimetrales entre chacras refuerza la continuidad del paisaje.
Esta forma de implantación propone otra manera de habitar la sierra. Una red de circulación y senderos acompaña la topografía y conecta las áreas residenciales con los espacios de encuentro, los equipamientos y un sistema paisajístico que integra cinco espejos de agua y cinco parques naturales. Las distancias, los vacíos y el tiempo que requiere atravesar el territorio forman parte de la experiencia proyectada, mientras que el paisaje deja de ser el fondo sobre el que se dispone la arquitectura para convertirse en el ámbito donde transcurre la vida cotidiana.
La escala territorial y la baja densidad permiten construir privacidad, silencio y una relación directa con el entorno sin que ello implique aislamiento. Ubicado sobre la Ruta 81, a aproximadamente una hora y media tanto de Montevideo como de Punta del Este, Manto combina la conexión con ambos centros urbanos con una red de espacios y programas que integra distintas dimensiones de la vida contemporánea: encontrarse, trabajar, descansar, practicar deporte, compartir una comida, cultivar o simplemente permanecer. Manto configura así un refugio conectado, donde la distancia respecto de la ciudad no supone una ruptura, sino la posibilidad de habitar otro ritmo, acompasado con los tiempos de la sierra.
En esta estructura, el área social y deportiva constituye uno de los principales ámbitos de encuentro. El club house, las piscinas, el gimnasio y spa, el cowork, el Kids Club, el Teens Club y las canchas de tenis, pádel, vóley y fútbol conforman un núcleo de actividad articulado en torno al agua. Más que una suma de amenidades independientes, estos espacios integran una infraestructura para la vida en común, capaz de acompañar distintas edades, momentos y formas de uso.
El agua organiza visuales, recorridos y áreas de permanencia, al tiempo que establece un contrapunto con la amplitud del paisaje serrano. La arquitectura de estas construcciones responde a una gramática compartida de volúmenes simples, cubiertas inclinadas, estructuras ligeras, galerías y grandes planos abiertos hacia el exterior. El club house, los espacios deportivos, los talleres y las caballerizas conforman una familia arquitectónica en la que la piedra, la madera, el metal y las cubiertas en tonos terrosos construyen una materialidad vinculada al paisaje y a ciertas lógicas de la arquitectura rural, reinterpretadas desde un lenguaje contemporáneo. Esta identidad se construye a partir de la repetición y variación de unos pocos principios, adaptados a las particularidades de cada programa y de cada sector del terreno. La piedra configura basamentos y apoyos vinculados al suelo, la madera aporta textura y escala doméstica, y las estructuras y cubiertas ligeras prolongan los espacios hacia el exterior.
A través de estas operaciones, las construcciones buscan una presencia reconocible pero contenida, en la que la arquitectura acompaña al paisaje sin competir con su escala. La relación entre interior y exterior se prolonga en galerías, decks, pérgolas, terrazas y aleros que ofrecen distintos grados de protección frente al clima. Estos espacios intermedios evitan una separación tajante entre arquitectura y naturaleza y establecen una secuencia de transiciones que va del interior a la sombra, de la sombra a la terraza, de la terraza a la vegetación y, finalmente, al paisaje abierto. Al ampliar las posibilidades de uso de los espacios, estos umbrales permiten que buena parte de la vida cotidiana transcurra al aire libre, sin renunciar al reparo ni a la intimidad. La relación con el territorio también se expresa a través de actividades vinculadas al hacer, el aprendizaje y el cuidado. Los talleres, la huerta, las caballerizas y los corrales complementan los programas recreativos y de bienestar e incorporan prácticas asociadas al cultivo, la producción y el contacto cotidiano con el entorno.
La naturaleza no se concibe únicamente como un paisaje para contemplar, sino como un ámbito activo, capaz de generar distintas experiencias y formas de relación a lo largo del día. Esta misma lógica se extiende por el masterplan mediante pequeños activadores de paisaje que permiten reconocer y habitar situaciones específicas del lugar. Fogoneros, decks, miradores, plataformas para yoga y mesas compartidas incorporan lo necesario para aprovechar las cualidades existentes: un claro se convierte en lugar de encuentro, una pendiente invita a detenerse frente al horizonte, un borde de agua propicia el acercamiento y un sector protegido entre árboles ofrece un espacio para la contemplación o el descanso.
Con intervenciones puntuales, el proyecto intensifica las posibilidades de uso del territorio sin sustituir sus condiciones originales. En ocasiones, basta con incorporar una superficie horizontal, un punto de sombra, una mesa o un lugar desde el cual observar el paisaje. Distribuidos a lo largo de los recorridos, estos activadores funcionan como una forma de acupuntura territorial que pone en valor las características preexistentes y convierte el desplazamiento en parte de la experiencia. El recorrido permite descubrir progresivamente la diversidad del entorno: sectores abiertos y cerrados, valles, crestas, monte, roca y agua.
A partir de esta distribución, Manto articula distintas escalas de intimidad y encuentro. La vivienda ofrece un ámbito privado; el club y los equipamientos favorecen la vida en comunidad; y los activadores habilitan reuniones más pequeñas y experiencias individuales en contacto directo con el paisaje.
Algunos de estos puntos invitan también a detenerse y observar, como ocurre al contemplar el atardecer. La vida colectiva no se concentra en un único centro ni se impone de manera permanente, sino que se despliega como una posibilidad distribuida por el territorio, permitiendo compartir cuando se desea y retirarse cuando se busca otra relación con el lugar.
Así, la implantación, el lenguaje arquitectónico y la organización de los espacios responden a una misma lógica de baja intensidad, en la que cada intervención forma parte de una estructura mayor. Los espacios residenciales, los ámbitos colectivos, los recorridos y las pequeñas intervenciones se articulan para hacer posible trabajar, descansar, encontrarse, cultivar, moverse y contemplar dentro de un mismo paisaje, sin perder de vista las condiciones que hacen singular a este territorio.
Habitar Manto supone, en definitiva, reconocer los ritmos de la sierra, trabajar con su topografía y transformar sus cualidades en experiencias cotidianas. La arquitectura no se entiende aquí como un elemento que se impone sobre el territorio ni como un objeto dispuesto en un escenario natural, sino como una herramienta para interpretar sus condiciones y construir, a partir de ellas, otra forma de vivir