¿Cómo se construye un landmark?  - Featured image ¿Cómo se construye un landmark?  - Featured image

El hábitat humano se construye a partir de dos dimensiones inseparables. Por un lado, está lo material: los edificios, las calles, los árboles, los objetos que forman parte de nuestra vida cotidiana. Por otro, existe una dimensión menos visible, hecha de historias, recuerdos, afectos y significados que conectan a las personas con esos lugares.


Esa relación funciona en ambos sentidos. Habitamos y transformamos los espacios, pero los espacios también nos transforman: condicionan nuestras experiencias, construyen recuerdos y participan, de alguna manera, en la forma en que nos reconocemos. Somos, también, los lugares que vivimos.

En algunos puntos de la ciudad, esta relación adquiere una intensidad particular. Son lugares que conseguimos reconocer y distinguir entre muchos otros. Se convierten en referencias, puntos de encuentro, destinos. En landmarks.


Su importancia no reside únicamente en su presencia física. Un landmark puede condensar historias del pasado y mantenerlas presentes, pero también convertirse en escenario para otras nuevas. Su significado continúa construyéndose en la medida en que las personas lo incorporan a su vida cotidiana.

Es allí donde arquitectura, memoria e identidad comienzan a encontrarse.


Los íconos arquitectónicos han acompañado a las ciudades desde los inicios de la civilización. Lo que resulta menos evidente es cómo llegan a convertirse en tales. ¿Es posible diseñar un ícono? ¿Puede un proyecto proponerse trascender su condición de edificio para instalarse en el imaginario de una ciudad? Y, en un contexto de ciudades cada vez más extensas y complejas, ¿qué papel pueden cumplir hoy estos nuevos referentes urbanos?

Algunos proyectos contemporáneos permiten aproximarnos a estas preguntas.


En 1992, Farshid Moussavi y Alejandro Zaera-Polo ganaron el concurso para diseñar la Terminal Marítima Internacional de Yokohama, en Japón. Por su propia condición de infraestructura de transporte, el proyecto ya contaba con algunos de los atributos que suelen acompañar a un hito urbano: una ubicación estratégica, una escala relevante y un flujo constante de personas.

Pero la propuesta buscó ir más allá.


En lugar de concebir la terminal únicamente como un edificio destinado a recibir y trasladar pasajeros, los arquitectos plantearon una gran superficie horizontal y continua que se pliega sobre sí misma y extiende el espacio público hasta encontrarse con el paisaje de la bahía. En una ciudad extensa y de gran densidad, la terminal aparecía así como una pieza singular, pero al mismo tiempo integrada a la experiencia urbana.

Había innovación, ruptura y una relación potente con el paisaje. Sin embargo, todavía faltaba algo: construir un vínculo con el lugar.


Ante las dudas que inicialmente generaba la propuesta, los arquitectos recurrieron a una imagen profundamente instalada en la cultura japonesa: La gran ola de Kanagawa, de Hokusai. Los pliegues del proyecto podían leerse entonces como una referencia al mar y a una identidad históricamente vinculada a él.

La arquitectura incorporaba así otra dimensión. Ya no se trataba solamente de producir una forma reconocible, sino de establecer conexiones entre paisaje, cultura, memoria y futuro.


Quizás allí aparezca una primera clave para comprender cómo se construyen los referentes urbanos contemporáneos.

No es casual que un proyecto de estas características surgiera en Yokohama, dentro de una de las mayores áreas metropolitanas del mundo. A medida que las ciudades se expanden y sus límites se vuelven menos claros, aumenta también la necesidad de construir referencias capaces de dar identidad a nuevos territorios.


En esos contextos, los landmarks pueden cumplir un papel que trasciende la orientación o el reconocimiento visual. Pueden ayudar a construir sentido de lugar, diferenciación y pertenencia.

Pero que un edificio reúna todas esas condiciones no significa necesariamente que vaya a convertirse en un landmark. La arquitectura puede proponer símbolos, construir espacios públicos y generar experiencias memorables. Lo que ocurre después depende de algo mucho más difícil de proyectar: la relación que las personas construyen con ese lugar a lo largo del tiempo.


Quizás por eso un hito emblemático tampoco deba asociarse necesariamente a la monumentalidad o a una escala extraordinaria. Puede ser una pieza capaz de transformar la percepción de un barrio, convertirse en referencia para una comunidad o, simplemente, adquirir un lugar reconocible en la experiencia cotidiana de las personas. Desde esa perspectiva, cualquier proyecto puede tener el potencial de convertirse en un landmark cuando logra interpretar su contexto, aportar valor y construir vínculos que permitan a las personas reconocerlo y apropiárselo como parte de su propio entorno.


Lecturas recomendadas:

  • The Image of the City — Kevin Lynch, 1960, The MIT Press. 
  • Place and Placelessness — Edward Relph, 1976, Pion.